En un mundo como el nuestro sobrecargado de todo, desde símbolos e imágenes a ideas y cosas, cada vez es más necesaria una cierta labor de depuración, de limpieza, de silencio y de paz.Combatir la prisa con el recogimiento, la acumulación acrítica (todo es equivalente porque no vale por lo que es sino por lo que representa: no es su alma la que le da el ser sino su uso como mercancía ) con el despojamiento y la falta de respeto por los detalles, que es lo que hace y nos hace diferentes, con la atención cercana, con la proximidad cómplice, con la confianza en el vacio.Lourdes Murillo, que expone en la galería Alfredo Viñas bajo el título ” Pizcas y briznas “, hace todo eso y más: no enseña el modo de ir de lo más a lo menos, que ha sido y es en todas las tradiciones el camino de la sabiduría. Nos enseña lo que queda después de deshacernos de todo lo que sobra, y ya habitarlo con sencillez y hondura. Sus cuadros dicen tanto como un haiku, como una ladera nevada,como un desierto solo hollado por escarabajos, como las estrellas dormidas que uno adivina en el fondo si se asoma a la boca de un pozo. No nos ofrecen imágenes, esas mentirosas,esas manipuladoras, sino lo que queda después de borrar todas las imágenes y enfrentarse uno al universo de sus sensaciones y a al sensaciones de su universo ( ético, estético, sentimental…), lo que queda cuando sólo queda una pizca, una brizna de sentido, un resto de mundo. Lo suyo son cuadros para meditar tanto o más que para contemplar: no se ofrecen como espectáculo sino como espacio para el abandono, para la introspección y para la nada.

En uno de esos cuadros, titulado ” Casi todo “, Lourdes Murillo deja sin terminar la parte superior derecha del mismo. En medio de entrelazamientos, de volutas trazadas al azar sobre un fondo gris, de repente la boca del vacio. Como las mujeres hopi o como los pescadores polinesios, entre otros, que cuando hacen mantas o redes siempre dejan un pedazo sin tejer para que su alma no se quede atapada en ellas. En ese cuadro Lourdes Murillo nos enseña sus cartas, el juego secreto que recorre invisible toda su obra: lo importante para entender y poder comunicarse con los otro, es dejar inexpresada una parte, respetar lo impronunciable, lo ininteligible, no recargándolo de significados que lo traicionan y lo empobrecen. De las cosas hay que atreverse a decirlo casi todo, pero no lo que se nos escapa, lo que no podemos entender, lo que no podemos ser. Esto hay que dejarlo intocado, vacio, para que no sea ensuciado y para que por ahí pueda fugarse este espíritu nuestro aprisionado por una sociedad saturada de barrotes.