Si ejerciéramos una mirada retrospectiva a la producción de Lourdes Murillo, veríamos como lógico el punto evolutivo en que la artista extremeña se encuentra y que, en esta exposición, adquiere forma de homenaje a Yves Klein. Murillo ha ido desmaterializando sus obras, escapando de lo figurativo y de una especie de poemas –objetos hacia una creciente conceptualización y un tratamiento del espacio pictórico a base de incisiones que, deudor del espacialismo de Fontana, se ha encaminado a un arabesco o trazo susceptible de ser calificado como escritura o caligrafía.

Murillo ha articulado la exposición presentándonos, de un lado, cinco lienzos cercanos a una seriación minimalista y, de otro, la ambientación de una parte de la galería con una instalación que usa tres paredes repletas de pequeños papeles pegados y el suelo que queda entre los testeros con una alfombra de arena. La instalación y los lienzos no sólo se encuentran unificados por el azul característico de la obra monocromática de Klein, el International Klein Blue (IKB), sino que resumen la emoción pura a la que aspiraba Klein.

Los cinco lienzos monocromáticos se diferencian entre sí por las diferentes texturas, grosores y ritmos que una línea recorre en el mismo azul que invade la tela. La diferencia se cimenta en los distintos tránsitos de la mano, del pincel, de la espátula o del dedo que se manifiestan como itinerario o cartografía de la acción y del movimiento, con lo que indica del mismo modo un proceso. Esta grafía, al margen del contenido o mensaje que pudiera tener, representa su propio vehículo, la expresión del signo y la forma que opera – en tanto que se diferencia del fondo – señalando un acto, con lo que el lienzo deja de ser un cuadro para convertirse en huella de un acontecimiento y escenario donde el artista se entrega físicamente al placer y a la emoción. Tal vez sea ese concepto de emoción y gesto pictórico en tanto que acción el que, por encima del uso del azul, venga a homenajear al artista francés. En este sentido, hay que señalar la enorme influencia que tuvo en Klein el budismo zen del que se nutren diferentes manifestaciones que tienen en el gesto y la acción su principal motivación: las artes marciales (el karate-do y el judo del que Klein fue cinturón negro); el diseño de jardines (en Murillo, los surcos ondulantes y rítmicos nos recuerdan a los jardines nipones de arena y piedra); el teatro Nó basado en un repertorio de movimientos, o las pinturas a mano alzada y las caligrafías.

Esa materia de los lienzos, sensibilizada por el aliento creativo de Murillo, tiene su correlato en la arena y los papeles de la instalación que, al envolvernos con el simbólico azul, provoca una sensación de serena espiritualidad y trascendencia (lo que en el zen podría ser el satori, un estadio de iluminación por la meditación), quizás una sensación tan certera como difícil de explicar, la de azul a punto de ángel.