Pintura e instalación. Lourdes Murillo.

Galería Alfredo Viñas. Málaga. C/ José Denis Belgrano, 19. Hasta el 15 de mayo de 2005. 

Si la tendencia señalada con esta exposición se consolidase, puede decirse que la obra de Lourdes Murillo (Badajoz, 1964) ha experimentado un giro importante. De concepto y de presentación de sus ideas. De concepto, porque su propuesta se hace más teórica y más simbólica, pero sobre todo más incorpórea, más espiritual. De presentación, porque, sin abandonar la pintura, se interna de manera muy arriesgada y decidida por la senda de la instalación, esto es, por una obra más total, o, al menos, más integradora de diferentes técnicas.

La muestra es un homenaje a Yves Klein a partir de dos tipos distintos de piezas. La más envolvente y totalizadora es una instalación hecha en el espacio más amplio y diáfano de la galería con diez mil papelitos pintados de azul ultramar y adheridos a la pared, que cubren por completo los tres muros de la sala que comprenden la instalación, estando por su parte también el suelo enteramente cubierto de arena impregnada con aquel pigmento, con lo que el espectador tiene ante sí cuatro planos de grandes dimensiones de un único color; las otras piezas, también pintadas completamente de azul, son pinturas en sentido tradicional, cuadros abstractos cuyo único contenido, además de esa presencia monocromática, es un garabateado uniforme por toda la superficie hecho con la punta del pincel o con cualquier otro instrumento, a modo de una caligrafía secreta, de una especie de protodibujo que parece estar guiado por la mente como si se tratase de un ritual.

¿Por qué Klein? Probablemente por su carácter profético y visionario, por su singularidad inclasificable dentro de la neovanguardia, por su cercanía a Oriente, como, en otro sentido, también se acercaron Beuys y Rothko. Se sabe que a Klein le afectó profundamente la lectura del libro Cosmogonie des Rose-Croix, escrito por Max Heindel a principios del siglo XX y en el que Klein tomó conciencia de su destino. Junto a esta suerte de «cristianismo místico», Klein   –que murió en 1962 de un ataque al corazón con 34 años, como consecuencia quizás de sus experimentos con las «pinturas de fuego»–   también se enfrentó al existencialismo, el budismo zen y la alquimia. Concebía el arte como un lenguaje de la emoción pura y trabajó con las sustancias y fuerzas universales y reales: el oro (tierra), el vuelo (aire), sopletes y bengalas (fuego), la lluvia sobre pigmento (agua). En sus cuadros monocromáticos en azul, Klein nos invita a estar en el vacío, en el espacio de la realidad espiritual absoluta: el azul es el más profundo de los colores, el que se pierde en lo indefinido, así como el más inmaterial, el más frío, el más puro, cualidades fundamentales que van a determinar sus extraordinarias aplicaciones simbólicas. En Klein, el proceso de desmaterialización del cuerpo y progresiva espiritualización se advierte en las Anthropometries, para que podamos volar; cuando trabaja con oro, nos está sugiriendo la alquimia y cuando lo hace con el resto de elementos, como en sus Cosmogonies y sus Pinturas de fuego, cree que puede dominar las fuerzas de la creación.

Cuando el espectador se coloca delante de la maravillosamente pura y simbólica instalación de Lourdes Murillo, lo está haciendo ante un espacio que le invita a la meditación, que lo transporta a un reino de serenidad y pureza absolutas, es decir, lo está apartando de la artificialidad de la sociedad de consumo, de ese materialismo burdo que nos cosifica. Lourdes Murillo no sólo nos está proponiendo una relectura de una figura capital de la neovanguardia, sino que nos convoca a un nouveau réalisme en forma de indagación del yo, una exploración que además de permitir encontrarnos a nosotros mismos nos acercaría a los demás y a la naturaleza.