Castro cita a Barthes cuando éste describe la obra de Twombly como briznas de una pereza. Esta conexión metafórica con la obra de Lourdes Murillo no sólo tiene una carga de descripción formal, ya que cuando rompes el corsé de sus materiales de expresión es todo espíritu lo que emana de su plano de contenido. Viene a ser lo mismo que cuando cortas el césped y te quedas con el aroma de la brena, aún sujeta a la tierra y dispuesta a seguir creciendo.

En la noble tierra de la vid y el olivo, algunos plantan patatas. Lourdes estructura bonsáis. Cada uno de ellos aparece tras una paciente labor de microcirugía y, como cualquier entidad viva que se precie, aunque no veamos las raíces, podemos tocar las ramas y adivinar la variedad de los frutos. En el caso de Lourdes, la raíz es común a toda su obra: casi todo lo que tiene que ver con la escritura. Nos referimos a lápices, papeles, plumas, tinta, sobres. Todo ello mezclado con lienzos del revés, tratamientos pictóricos varios, trozos de madera, grafismos mínimos. Es obvio que la raíz de Lourdes es común a toda su obra. Una raíz que nace nada menos que en la palabra no emitida, o si se quiere en el conato de la palabra o la palabra como idea. Es un punto de partida que casi contraviene la idea de que “la idea no convertida en palabra es una mala idea “.

El desarrollo del tronco o de los troncos _ y de las ramas _ es lo que se nos presenta a la vista. Estamos ante el bosque intimo de Lourdes, íntimo y público al mismo tiempo. Y así nos tropezamos con obras bidimensionales, tridimensionales, instalaciones, mail-art y toda aquella dirección que su cerebro y su sangre (que es savia) le indique. Las raíces se reflejan en las ramas simétricamente, como el agua se refleja en la luna. Y podemos observar _ y tocar _ el tiempo de silencio a través de manchas cuadradas; podemos caminar por una carretera romana de grafito, podemos saber que aún existen pequeños secretos, acceder a una confrontación erótico-racial y hasta acotar un campo de trigo. Muchos verbos para la aparente no-palabra.

Lo esencial de todo esto, la resultante de la trama, es una especie de fluido ectoplásmico que tiene que ver efectivamente con el espíritu, con un rosario de flashes que nos seduce en silencio y que nos hace dudar del único camino y del proyecto único. Lourdes señaliza direcciones y estados vivenciales, pero en ningún caso desvela si hay alguno verdadero. Lourdes planta dudas con la parsimonia del jardinero y tenemos que recorrerlas todas para morder la manzana y darnos cuenta que sus obras son haikús de la materia. En eso consiste el fruto.

Estos haikús, por universales son atemporales, por domésticos parecen crípticos y por accesibles se distancian en la mística. También por opacos y mudos se convierten en espejos del espectador. No creo que se pueda preguntar nada ante algo que crece por sí mismo, sin necesidad de temporada. En todo caso regar con la mirada.

Si mira hacia arriba y se encuentra bajo unos larguísimos hilos de los que penden miles de lápices, también camina bajo palio y miles de espadas de Damocles le apuntan a la cabeza. Si mira en el interior de la caja y decenas de puntas de grafito nacen del suelo, puede revolcarse en los trigales o dejarse caer en la trampa para tigres.

Acaso, ni tan siquiera sean lápices. ¿ O son poemas ?

Una cosa está clara. Lourdes sigue sembrando dudas en su jardín público y nunca asevera. Deja ese ejercicio a los que creen que mandan tras las verdades como puños o que manipulan con cuentos de Calleja. Ella siembra en silencio y , al contrario de aquellos otros, Lourdes si tiene quien le escriba. Esa es la diferencia.