Project Description

“El mar invade a veces la paleta
del pintor y le pone
un cielo azul que sólo da en secreto”.
Rafael Alberti. A la Pintura

AZUL(es)

Francisco Carpio

El 19 de mayo de 1960, después de experimentar incansablemente para encontrar un azul ultramarino, profundo, mate y luminoso que permitiera hacer visibles las cualidades materiales y espirituales del color y, al mismo tiempo, hacerlas accesibles al espectador, el artista francés Yves Klein patentó un penetrante azul ultramar que había creado con la ayuda de un amigo químico, convirtiéndolo a partir de entonces en el International Klein Blue (IKB), Azul Klein Internacional, una personalísima “marca artística de la casa”, que habría de distinguir y signar buena parte de su producción como creador, extendiéndose a sus pinturas monocromas, figuras escultóricas, relieves de esponjas sobre lienzos, o a sus Antropometrías.

Apasionado por el cielo azul de su ciudad natal, Niza, e inspirado por los frescos azules de Giotto en Asís, para Klein este color, como el mar y el cielo, encarnará los aspectos más abstractos de la naturaleza tangible y visual. “Todos los colores” –dirá- “provocan ideas asociativas específicas, tangibles o materiales en sentido psicológico, mientras que el azul sugiere, todo lo más, el mar y el cielo, y estos son, en definitiva, lo más abstracto que hay en la naturaleza visible”. Así, imaginó este azul (IKB) como una auténtica “revolución azul”, más un símbolo que una sustancia primordial del arte, una renovación del mundo a través de una mutación de la consciencia.

“¿Qué es el azul? El azul es lo invisible convirtiéndose en visible (…) El azul no tiene dimensiones. Está más allá de las dimensiones de las que beben otros colores”. De esta forma se pregunta –y se responde- ese artista poliédrico y plural: pintor, músico de jazz, performer, cinturón negro de judo (llegó a dar clases en el Gimnasio Bushidokwai de Madrid, hacia 1954-55); un hombre-espectáculo y un místico, probablemente un visionario. Figura múltiple y Compleja, en la que arte y vida acaban fundiéndose y confundiéndose la una en el otro.

Sin duda, interesada por estos aspectos (y a buen seguro por otros más) de su figura y su obra, Lourdes Murillo nos presenta una interesante –y hermosa- propuesta que tiene como principal nexo de unión y razón de ser el espíritu y el cuerpo de este International Klein Blue (IKB).

Pero, el azul no es únicamente el azul de Klein. Recientes investigaciones basadas en estudios informáticos han calculado la existencia de unos cuatro millones de tonos azules… Suficientes para saciar el paladar cromático más exigente y refinado.

Recuerdo que fue Juan Eduardo Cirlot quien, en su Diccionario de Símbolos, afirmaba: “El azul por su relación esencial y espacial, simbolismo del nivel, significa altura y profundidad, océano superior y océano inferior (…) Simboliza una fuerza ascensional en el juego de sombra (tinieblas, mal) y luz (iluminación, gloria, bien)…”

Estoy convencido de que nuestra artista se ha zambullido a conciencia en ese agua –en la que se mueve como pez en el ídem-, para construir con este proyecto su propio juego de sombras (pocas) y de luces (muchas). Un proyecto que articula en dos niveles de forma y concepto.

El espectador que se adentre en la muestra, por una parte, encontrará una instalación en la que la piel y el cuerpo de las paredes aparecen revestidos de pequeños fragmentos irregulares de papel vegetal azul. Una epidermis de escamas azuladas que se superponen unas a otras, urdiendo y tejiendo la azul orografía de este paisaje soñado. Un paisaje que bien podría ser la presencia de una arquitectura imaginaria, con sus teselas azuladas cubriendo el paño de los muros. O, ¿por qué no? La piel-armadura de un guerrero –azul- de un tiempo sin tiempo. O, también, el cortante y frío tacto de un mítico y fantástico reptil.

Esa particular geografía vertical se continúa y comunica en ángulo recto, con una alfombra ultramar de pigmento, una película densa y rugosa que se extiende por el suelo, como el accidentado relieve de un azul y desconocido planeta. Con este ámbito entre sacro y mistérico, que puede recordarnos el espacio de una singular capilla dispuesta para un singular culto, el color –azul- adquiere una clara vocación de fisicidad y de materia. No sólo se ve con las yemas de los ojos, sino que también se toca con las yemas de los dedos.

Después de ver –literalmente- y de tocar –metafóricamente- la instalación, ese mismo espectador es invitado a adentrarse en la contemplación y en la percepción de cinco cuadros monocromos (¿he de decirlo?) azules. Lourdes Murillo versus Yves Klein. Un combate épico, azul y apasionado.

Cinco campos rectangulares que han sido roturados-pintados con la fuerza tractora y sensible de las manos. Un lenguaje de matices fríos y azulados con los que hablar el idioma eléctrico y húmedo del mar, de las nubes, y de la melancolía. Azul lluvia, azul agua, azul sueño; el azul de la memoria y de la dulce tristeza. Un dibujo enmarañado y meándrico de senderos que se bifurcan, de trayectos, itinerarios, caminos zigzagueantes, surcos y líneas onduladas irrumpe, como una fría cosecha, y brota de la tierra añil-índigo-zarco-endrina-garza-marina-aciana-lapislázuli-ultramar de estas pinturas.

La luz –que es el nombre del color y que es el barro fulgente de la pintura- como el mejor arquitecto para erigir y estructurar estas casi invisibles construcciones. Espacios pintados que tratan de envolvernos y bañarnos con la luminosa humedad de los pigmentos.

Y de nuevo, el tacto de las pupilas y de los dedos como curiosos viajeros, en busca de territorios desconocidos que recorrer, que descubrir, que sentir, que penetrar. Nuevos, ignotos y atrayentes territorios azul(es).

lma fría en un termómetro de mercurio ultramar
Z oológico de nubes, tristeza y mares
U ña metálica hiriendo el cuerpo húmeda de las sirenas
L íquida locura, no seques las acuáticas escamas del corazón.