Exposiciones
UNOxUNO
La obra de Lourdes Murillo siempre viene dotada de una semiótica específica para cada tema que aborda. La importancia de esa significación visual actúa como acicate perceptivo o, en su defecto, lo insinúa con la intención de construir una imagen en nuestra mirada. Es una representación que desemboca en un acto reflexivo sobre el sentido que tiene cada nuevo proyecto. Y UNOxUNO es el ejemplo perfecto de esa semiología al proponer si el sentido de la belleza lo podemos encontrar en texturas digitales, en esos píxeles que continuamente nos rodean. Pero Lourdes Murillo la recrea con herramientas predigitales que no hacen sino describir el principio de conexión al que estamos sometidos.
En esta lid, compone un gran mosaico en el que coteja, como si de un rompecabezas se tratara, los teselados que repiten un patrón matemático y la autonomía que otorga a cada elemento de la composición, haciendo de cada eslabón una imagen independiente del conjunto. Como los píxeles, Lourdes Murillo hace que cada una de las partes integrantes de sus obras sean capaces de reportar luz y color, pero sin la frialdad matemática que las unidades mínimas necesitan para componer una imagen digital.
Al contrario, Lourdes Murillo conforma unos espacios regidos por patrones geométricos aperiódicos que cubren la superficie (sea lienzo, papel recuperado u otro soporte) sin que exista una repetición regular. Pero visualmente nos traslada una imagen ordenada, quebrada solamente por las trazas ascendentes y diferenciada por los cambios de color que irrumpen en algunos dibujos como caminos que se dirigen hacia el infinito. Así, puede reseñarse que UNOxUNO se aproxima a los conceptos arquitectónicos cuyos elementos constituyentes han de estar relacionados, deben ser interdependientes y han de reforzarse mutuamente para poder armar un conjunto integrado y cuyo resultado sea uno, una unidad.
Toda la serie de UNOxUNO responde, pues, a una lógica próxima a la arquitectura puesto que los patrones a los que acude se imponen a la experiencia, y es nuestra misión reconocer el significado de esa repetición: una realidad fluida, seguida, variable y multiforme. O, aún mejor, cada una de las piezas o teselas irregulares que componen la pauta de UNOxUNO están coordinadas de tal manera que vertebran un auténtico mosaico (un extraordinario documento visual que Roma desarrolló para mostrar las inquietudes intelectuales y culturales de una élite). De hecho, si nos atenemos a la etimología griega de la palabra tesela (τέσσαρες – tessares: cuatro-), vemos que su significado nos remite al número cuatro y, consecuentemente, a las formas cúbicas o regulares. Y Lourdes Murillo al elegir el motivo teselado quiere distanciarse de aquella idea del arte como mímesis para conformar otra realidad acudiendo a estructuras irregulares.
Así, presenta en UNOxUNO una abstracción sustentada en una arquitectura ordenada, limpia y «geométrica». Es como si hubiera cambiado el jardín francés por el jardín japonés transformando aquel espacio concebido como juegos de agua que se entremezcla con el arte topiario vivido en su infancia por otro totalmente diferente, pasando a lo contemplativo, a la conceptualización, a la geomática para establecer un flujo de energías entre tierra y cielo a través de la delicadeza que se desprende de esa armonía que imprime a las obras de este ciclo. Busca, en definitiva, el sentido del sentido del arte.
Y sobre estos patrones y la arquitectura que lo sustenta hemos de sumar la dimensión poética a la que llegan estas obras al crear un nexo entre el color y el material. Para Lourdes Murillo el lenguaje cromático siempre ha tenido un protagonismo importante en toda su trayectoria. Para ella el arte es más que «un estímulo sensorial; es también, fundamentalmente, un vehículo de sensibilidades, valores e ideas»1. En este caso, como en otros proyectos, el rojo es el gran protagonista de sus composiciones. De igual manera que en otras ocasiones, reduce las variables cromáticas para poder concentrarse en el tema. Y junto al rojo sitúa la tipografía dorada para que percibamos la gama de matices que viran a tonos anaranjados y recalcar el valor artístico y simbólico que tiene en el siglo XXI y que fue otorgado por los griegos2.
La elección de estas tonalidades tiene, asimismo, su propia semiótica. El oro ejemplifica nuestra relación con lo espiritual, entre el espacio y la luz, como ya ocurría en la pintura occidental entre los siglos XIII y XV. Para Lourdes Murillo el dorado es una realidad que va más allá de un plano en las superficies del papel o el lienzo, es una proyección refulgente, viva, diáfana que se vuelve casi evanescente y etéreo debido a su consistencia metálica. Es, yendo más allá, una apuesta por una «estética de la luz»3, como muestra en los sesenta clavos (estos sí de metal) recubiertas sus cabezas con pan de oro y con los que quiere crear un espacio entre ellos que nos dé como resultado un juego de luces y sombras. Y, como contraposición, el rojo relacionado con el estar siempre activo, con la intensidad, con la energía, con los sentidos, con la iniciativa y el afán por descubrir.
Y, por último, recurre en UNOxUNO a esa relación inevitable que debe existir entre forma y color con la finalidad de observar los efectos que tiene la una sobre el otro. Partiendo del negro, presenta un juego óptico que recorre las tonalidades que van desde los ocres y tierras a los verdes. Es un homenaje al mundo romano, en cuya cultura el negro se corresponde con la tierra fértil; y los tonos verdosos, con el fruto de esa semilla plantada, simbolizado en el olivo o el laurel4. Un reto cromático que, por otra parte, se asemeja a una escala musical temperada donde cada color se corresponde con una nota musical. No hay que olvidar que el color, croma en la Antigüedad, se corresponde con el término ‘timbre’ y, por esta razón, Lourdes Murillo crea, a mi juicio, una pintura sonora en la que los trazos rojos se corresponderían con un sol sostenido, no olvidando la Fuga en rojo de Paul Klee.
En definitiva, la propuesta de Lourdes Murillo nos lleva a reflexionar sobre cómo funciona la semiótica, la relación entre las partes y todo el conjunto para ofrecernos una obra de arte. Puntos, líneas, superficies, colores, trazas y estructuras constituyen todo un conjunto estético con una significación que, a través del teselado o del pixelado, remite a lenguajes que han evolucionado desde la Antigüedad hasta el mundo contemporáneo. Si hay que destacar las referencias, el valor documental y visual de esta exposición, se observa que nos hace revivir un pasado al acudir a la musivaria romana, un arte reservado para la vida privada en Roma, y lo hace a través de un jardín imaginario —muy distinto al de su infancia— para enfrentarse al impacto de la tecnología donde los códigos y los trazos digitales sustituyen a la tesela o al pincel. Esta extensión progresiva sobrepasa la privacidad para entrar de lleno en un mundo globalizado que no tiene barreras geográficas y reorganiza nuestro panorama cultural.
Javier Cano Ramos